4º.
Encuentro
La siguiente vez se trató de un poema, de
un cuento de hadas, de palabras que dije al viento y volaron hasta posarse en
las ramas de los árboles, haciendo nido para los colibríes y los ruiseñores.
Era un viernes, poco antes de iniciar el
verano, mis clases terminaron temprano y me quedé como de costumbre platicando
con unas amigas. Me contaron de una muestra de las chicas de la carrera de
turismo, donde representan a los países que les tocó investigar, era un
proyecto final para esa materia, y había degustación de comida gratis, motivo
suficiente para ir.
Estas exposiciones las hacían en la parte
posterior de la preparatoria, ha diferencia del resto de la escuela, la cual se
encontraba semi desierta, mucha gente disfrutaba de la muestra multicultural:
chicas con grandes sombreros con frutas representando a las brasileñas, otras
vestidas con blusas a rayas y boinas intentado parecer francesas.
Mis amigas se detuvieron en el puesto de Italia
a pedir una ración de lasaña y yo continué caminando en ese mar de gente para
seguir observando. Llegué al puesto de España, unas chicas con largos vestidos
rojos se esforzaban por bailar al ritmo de las sevillanas. Delante de ellas
estaba Ingrid, vestida con falda de tablones azul, blusa blanca, chaleco rojo y
un sombrero cordobés negro con listón y borlas rojas alrededor. Me abrí espacio
para quedar frente a ella. Cuando nuestros ojos se encontraron nuevamente fue
como recordar ese texto de Víctor Hugo: “¿Qué había esta vez en la mirada de la
joven? No sabría decirlo. No había nada y lo había todo. Fue un relámpago
extraño”.
Allí estaba frente a ella, a menos de
veinte centímetros, con la respiración entre cortada y las pulsaciones más
aceleradas. Ella se sonrío y mordió su labio inferior con suma coquetería. A
nuestro alrededor, el mar de gente disfrutaba, reía, comía, hablaba y gritaba.
Un instante después alguien jaló del brazo de ella. Su madre también asistió a
la presentación y exigía tomarse una foto con el resto de sus compañeros. Yo la
observé por unos momentos y me fui.
5o.
Encuentro
Pasaron varios meses y el verano dio paso
al otoño. Algunos corazones se alegran con el paso de la estación, pero para mí
significaba melancolía como observar una banca abandonada en el parque. Ese día tenía pendiente elaborar un trabajo sobre
electrónica. Le hablé a un amigo para preguntarle si tenía algún libro
relacionado. Salvador, mi amigo no me podía prestar dicho libro así que me
llevó a sacarle copias a lo que podía ocupar.
Él no vivía lejos de mi casa. A pocas
cuadras encontramos una papelería. Cuando entré me volví a congelar, mis pies
se imantaron al suelo a pocos pasos de la puerta del local; detrás del
mostrador estaba ella, la de los ojos verdes y el pelo rubio recortado, con su
sonrisa de anuncio de pasta dental y labios rojos, tan rojos como la sangre que
subía y bajaba por todo mi ser. Para mi suerte, ella tomó la iniciativa de
entablar una conversación: “Vamos a la misma escuela ¿verdad?” Por supuesto,
nos habíamos encontrado mil vidas antes.
Platicamos por espacio de veinte minutos,
descubrí que te gustan las casas pequeñas y los perros de razas grandes. Tenías
apenas un par de meses trabajando en ese lugar, también me enteré de tu poca
puntualidad pues preferías llegar bella a todo lugar.
Después de ese encuentro, nuestra relación
se volvió confusa. Nos buscábamos sin motivo aparente, disfrutábamos de la
tensión que sentíamos al estar juntos. Al poco tiempo la vi saliendo de la
escuela del brazo de otro chico mucho más alto y fornido.
Sí, hubo otros encuentros después de eso,
en lugares que jamás hubiera esperado, en situaciones poco cómodas, ella con
pareja o yo con alguien más. Eso no importa, siempre nos pertenecimos en esos
momentos breves en los cuales nuestras miradas se cruzaban y pretendían decir “oye,
yo soy a quién estás buscando”.
Óscar R. Bermúdez

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