viernes, 3 de julio de 2015

Encuentros (1a. Parte)

    



    Hoy te vuelvo a ver después de tantos años, despiertas en mi piel la misma emoción del primer día. Es como recordar un paisaje de primavera que jamás quise olvidar.
     
    Tu sonrisa no es tan afirmada como en aquel entonces “El corazón alegre hermosea el rostro” cuenta el proverbio. Pero ese músculo de bombeo dejó de ser feliz y lo demuestra. Sin embargo, tu rostro luce la misma mirada misteriosa como suave tela de araña la cual me atrapaba, ahora al verla, me siento como una presa ante esos ojos verdes.

    
     El tiempo se detiene, como arenas que el destino vuelve a destilar, me dejo envolver por los recuerdos que acompaña cada uno de esos momentos, en los cuales nuestros pasos siguieron las mismas sendas, y nos dejaron al filo del precipicio de un “tal vez”. 

1er. Encuentro

    Aquel día el sol aún no se dejaba mostrar en el oriente. Inicié la rutina como cualquier día de escuela, con una somnolencia usual en esas fechas. Antes de subir al transporte público, la vi corriendo apurada detrás de él, entonces esperé con pose de caballero para que pudiera subir.

    ¿Cómo hago para borrar una imagen tan bella? Piel blanca brillando a media luz, dientes grandes con hermosa simetría en aquella sonrisa, perfecto regalo para nuestro primer encuentro. El pelo rubio y corto dejaba al descubierto el fino cuello y los hombros delgados que iban apenas cubiertos por un par de tirantes de esa blusa celeste. Pesada poco más allá de los cuarenta y cinco kilos. La voz al decirme gracias, fue como el canto de una fuente resonando mil y un ciento de veces en mi mente.

    En ese pequeño espacio desapareció por completo el artífice de mi deseo de juventud, pero nuestros pasos se dirigieron al mismo destino. Esa mañana, tres horas después volvió a aparecer después de una clase de preparatoria, ella junto con otra chica repartían volantes para un evento.

    Nos reconocimos en un instante, con el corazón acelerado y las manos sudadas me atreví a preguntar su nombre. Con esa misma voz cristalina como el agua de un riachuelo me brindó lo único que conservo de ella durante todo este tiempo: “Me llamo Ingrid”

(Continuará)

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